Breve historia del dinero, parte 3

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En Breve historia del dinero, parte 2, conversé sobre las características y las funciones del dinero, de las razones por las que el dinero pierde valor y de las tres primeras innovaciones del dinero –trueque, abstracción de valor y metales preciosos–. Para finalizar, hablaremos sobre las tres restantes innovaciones del dinero.

Acuñación de moneda y dinero de papel

Hasta este momento se habían utilizado diversos metales y piedras preciosas como dinero por las ventajas que ofrecían frente a otro tipo de medios de intercambio, utilizándose estos metales y piedras por su peso. Sin embargo, se produce una novedad significativa que supone el nacimiento de las monedas.

Las primeras acuñaciones de moneda se produjeron alrededor del año 600 a. C. en tres lugares del planeta de manera independiente, en Lidia –actual Turquía–, en China y en India. El metal se divide en pequeñas porciones, eventualmente se lo funde y se marca con una señal que lo identifica. Desde aproximadamente el año 1.000 a. C., estaba en uso en China dinero con forma de pequeños cuchillos y espadas de bronce, plata y oro.

El papel moneda tiene su origen en China en el siglo VII, pero su uso no fue oficial hasta el año 812 –siglo IX–. Hubo tanto escepticismo entre los usuarios –quienes no podían entender porqué un trozo de papel valía lo mismo que un trozo de oro– que la aceptación generalizada del dinero de papel tomó 400 años.

Cuenta la leyenda que en el siglo XIII, un ciudadano veneciano llamado Marco Polo emprendió un largo viaje a China. Los registros que hizo durante este viaje contienen las primeras referencias que existen en Occidente acerca de la producción y uso del papel moneda –forma de pago incomprensible para los europeos de aquel entonces–.

Las aseveraciones del famoso explorador solamente pudieron ser verificadas años más tarde, con los billetes emitidos durante el siglo XIV por la dinastía Ming. Los chinos llamaron a los billetes “dinero volante”, debido al escaso peso de estos y a la facilidad con que circulaban en un área relativamente grande. Hacia el siglo X, ya tenían un sistema de circulación muy bien estructurado.

En Europa, los primeros billetes de los que hay constancia aparecen en Suecia en 1661 –siglo XVII– de la mano del cambista Johan Palmstruch, quien los entregaba como “recibo” para quien depositaba oro u otro metal precioso en el Banco de Estocolmo, que había fundado él mismo. A España llegaron en 1780, durante el reinado de Carlos III, y su uso se popularizó rápidamente por ser mucho más cómodo de llevar. Así no hacía falta cargar con la famosa bolsa llena de monedas, mucho más llamativa y pesada.

Hasta no hace mucho, la emisión monetaria de un país estaba respaldado por el patrón oro, en otras palabras, cada emisión de dinero que hacía el banco central debía estar respaldada por una determinada cantidad de oro. Esto fue así hasta la década de 1970 aproximadamente, cuando se dejó de utilizar el oro como respaldo de la moneda. De ahí en más, el valor de las monedas fiduciarias ya no está respaldado por oro, sino por la confianza en el Estado que las emite.

Durante los Acuerdos de Bretton Woods, se decidió adoptar el dólar estadounidense como divisa internacional, bajo la condición de que la Reserva Federal –el banco central de ese país– sostuviera el patrón oro, pero a partir de 1971, durante el gobierno de Richard Nixon, se elimina definitivamente, por lo que el valor del dólar pasa a sostenerse exclusivamente en la confianza que le dan sus poseedores.

Dinero de plástico

Junto con los cajeros automáticos, las tarjetas de crédito – inventadas por la estadounidense Diners Club– son las únicas innovaciones de la banca en más de 60 años. Gracias a ser un sector hiper regulado e intervenido por los gobiernos, la banca no ha tenido la libertad de innovar porque debe existir un balance entre la innovación y la responsabilidad de manejar el dinero de terceros. Los usuarios de la banca han delegado y confiado la administración de su dinero a estas instituciones.

Si bien es cierto, el dinero plástico es más cómodo, útil y seguro que el dinero en efectivo, su empleo representa una invasión absoluta a la privacidad del usuario, ya que tanto los bancos como los Estados tienen acceso casi inmediato a todas las transacciones realizadas por las personas que emplean este medio de pago. Los gobiernos se valen esta herramienta para evitar la evasión fiscal.

Ésta es la razón fundamental por la que los Estados, a lo largo y ancho del mundo, han declarado abiertamente la guerra contra el dinero en efectivo que, junto con las criptomonedas, representan el último reducto de privacidad que tenemos los ciudadanos.

Dinero digital

El uso del dinero digital no es nuevo, empezó a utilizarse en la década de 1970 cuando la tecnología informática lo hizo posible. Se calcula que el 92% de los dólares estadounidenses en circulación son digitales –se transfieren a través de transacciones electrónicas entre los bancos–, el restante 8% se encuentran físicamente en la forma de billetes de papel y monedas.

Todo empezó a cambiar con la invención del Internet, nos trasladamos de las instituciones a las plataformas, sistemas abiertos que permiten el acceso e intercambio de información bidireccional.

La obra “The Sovereign Individual” escrita hace 20 años por James Dale y William Rees-Mogg, profetiza la aparición de “cibermonedas” controladas por algoritmos matemáticos que no tienen jurisdicción y que, por tanto, trasladan la riqueza de los ciudadanos a un entorno donde no está sujeta a la coacción de los gobiernos.

Bitcoin no es dinero, no es un sistema monetario. No es una compañía, no es un producto, no es un servicio al que te afilias. El dinero es su primera aplicación.

Bitcoin es el concepto de la descentralización aplicado a la comunicación de valor. Es un protocolo de confianza. Con bitcoin, tú controlas tu dinero y tienes total autoridad sobre él: no puede ser confiscado, congelado, censurado. Las transacciones no pueden ser intervenidas, interceptadas, detenidas y revocadas.

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